A algunos hombres resulta complicado imaginarlos de chicos, jugando, en la escuela, puchereando a la hora del puchero. Con Javier Brusco pasa eso, hasta que cuenta que “a los 10 años andaba con una cámara de plástico colgada al cuello” y la imagen se vuelve perfectamente nítida, verosímil, como un flashazo en la noche cerrada.
“Claro que a esa edad ni me iba a imaginar que sería ese mi medio de vida y gracias a ella éste sería mi presente”, aclara. Y enseguida cuenta cuándo, o cómo, tuvo consciencia de que por ahí pasaba la cosa; o mejor (lo mejor) su pasión. En definitiva, en qué momento asumió que la fotografía era lo suyo.

foto: Gabriel Galán
“A la hora de sacar una foto, los límites no existen”
“Un día pensé que la oficina no era para mí, ni tampoco la Facultad de Odontología en la que me había anotado… qué loco no (interrumpe)… de saca dientes a saca fotos. Como decía Facundo Cabral, ‘aquel que trabaja en lo que no ama, aunque lo haga todo el día es un desocupado’ y entonces decidí ser un trabajador amante de su trabajo, que hoy en día no es poco”, reflexiona.
Este hombre canoso de 54 años es uno de los fotógrafos más reconocidos en el ambiente de la gráfica. Polémico, calentón, rabioso hincha del rojo, y responsable de algunas de las imágenes que más revuelo (y premios) han levantado en los últimos años.
Cómo olvidar a ese perito en un bote, sacando del Río de la Plata la cabeza de una mujer y mirando al ojo de la cámara como jactancioso pescador en la tapa de la Weekend. O al hombre corriendo hacia la cámara con los brazos abiertos y el cuerpo en llamas, frente a la Gobernación.
La primera foto fue tapa del suplemento de policiales del diario Hoy (Trama Urbana), que agotó su edición del 17 de marzo de 2000 con la terrible historia de la chica descuartizada, Roxana Dos Santos. La segunda retrataba el final del ex senador radical Manuel de Armas, que se suicidó a lo bonzo el 10 de abril de 2001.
Fuertes, impecables y polémicos. Así fueron (entre muchos otros) aquellos registros por los que este reportero gráfico recibió más de una crítica y fue invitado a debatir en ámbitos académicos.
¿Qué te cuestionaban?
Las críticas pasaron siempre por la ética periodística, si mostrar o no las imágenes. Te imaginás que si no se quieren publicar las fotos no se publican, pero, ¡que no se quieren sacar!... Eso en mi diccionario no existe.
Frente a su eso, ¿cuál era tu respuesta?
Que la línea editorial del medio decida, yo la foto la hago, no me permitiría no hacerla.
Brusco no lo cuenta, pero no faltó quien le objetara -frente a De Armas – haber elegido sacar la foto en lugar de “hacer algo” por la víctima.
¿Cuál es el límite a la hora de bajar la cámara, o no hay límites?
Aunque otros digan que hay límites, para mí no los hay, nunca los tuve. ¿Te imaginás si en una situación límite bajo la cámara? Es ahí donde me daría cuenta de que tendría que volver a la Facultad de Odontología, no me permitiría que un transeúnte vaya con su teléfono celular, saque esa foto y yo haya bajado la cámara y al llegar a la redacción decir "no pude, bajé la cámara" Los límites que lo decidan en el diario, para mí no los hay, no los hubo y los habrá.
¿Alguna vez dijiste “esto no lo saco”?
Jamás, por mas doloroso que haya sido, y eso que me tocaron varias feas… te podría contar, pero sería demasiado extenso.
Contar historias es una de las actividades favoritas de Brusco y no sorprende, teniendo en cuenta que la fotografía es otro modo de hacerlo. Pero Javier disfruta relatando anécdotas y se jacta de tener muchas, de las más variadas, como suerte de trofeos de guerra en el aquel camino que recorrió como reportero gráfico. Y más.
“Mi primer trabajo fue en un lavadero de autos, aunque tuve varios y varias anécdotas antes de llegar hasta acá. Si querés y no te aburro te las cuento”, intenta. Y se ríe ante el rotundo “no, dejá, otro día”.
Por Alejandra Castillo.