Popularmente conocemos el término clase turista para definir a aquellas personas que se trasladan de su territorio de origen o de su residencia habitual a un punto geográfico diferente al suyo. El largo viaje casi siempre incluye pasar la noche en el punto de destino. La economía, el territorio, la cultura, la identidad, las creencias nos dividen. Nos clasifican, nos determinan, nos prohíben y nos liberan. Clases, categorías, jerarquizaciones, exclusiones, pertenencias. Dime lo que tienes y te diré quién eres la gran máxima que rige los tiempos excluyentes y voraces de una modernización arrolladora. En ese pulso, los turistas, las clases, las gentes viajan. Movimiento, fronteras, colonizaciones y resistencias. Todo en un tiempo detenido y en furtivo movimiento. Tiempo de tránsito y de esperanza de orilla. Tiempos y destiempos, plagas de desigualdad, de sistema, de estandarización y sinfines de particularidades. Tiempos de emergencias y gritos de cansancio, de muertes innecesarias, de caminos con sueños de otros destinos posibles. Certezas de placeres postergados y futuros porvenir. Sin sarcasmos ni denuncias, la mirada busca el instante que congele el tiempo, casi con valor de documento. Una marcha fugaz en la clase, en el estigma o en el derecho que determina el sistema, ese mismo que excluye e integra. Desnaturalizando los mandatos, el recorrido propone un juego lúdico: respirar infinitas horas en un viaje sin límites donde la vida, terca, resignifica las posibles trombosis venosas y continúa en una apuesta, un viaje, un sueño de transformación. Un viaje con estación e identidad propia.
Texto: Paula Bonomi
Fotos: Gabriel Galán
Clase turista, un viaje en tren a Tucumán
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